Placeres terrenales

Él y su sonrisa picara, él y su sexo violento, él y su maldita inteligencia.
Las cosas pierden identidad cuando él las toca, cuando él esta cerca.
Mi subjetividad y mi imaginación me hacían creer que lo necesitaba.

Pasábamos juntos la noche, charlando, teniendo sexo, cenábamos, abríamos un vino, encendíamos un cigarrillo y nos sumergíamos en los placeres terrenales. 

Está delante mío. Se acerca, me acaricia el pelo y me besa. Es un beso largo, interminable. La cercanía de su cuerpo me devuelve una sensación de vida que estaba necesitando. Siento como su lengua recorre mi boca y sus dientes muerden suavemente en tanto que sus manos bajan por mi espalda hasta acariciarme las caderas. Me levanta la pollera y mete su mano dentro de mi ropa interior. Lo dejo hacer sin oponer la menor resistencia. ¿Para que entrar en un juego histérico? Yo no soy así, lo deseo. Que él haga conmigo lo que quiera. A los pocos segundos esta dentro de mí. Me toca, me muerde, me mira. No sé cuánto va a durar esto que tenemos, que no tenemos. Pero en ese momento no me importa demasiado. Lo único importante es que estoy ahí, con él, en su cama, en su cuerpo. Siento venir el orgasmo.- Acaba conmigo- le pido. Y él obediente, me aprieta aún mas contra sí. No es un momento muy largo, dura apenas unos segundos. Pero no es otra cosa que la eternidad. Mi grito retumba en el departamento. Después, todo es silencio. 

Soy consciente del tipo de relación que manejamos.
Él con su sinceridad hiriente, jugando perversamente con el dominio que ejerce sobre mí. Yo, por mi parte, lo quise de una manera incondicional y cedí a los peligrosos juegos que él me proponía. Aquella noche besó y tocó cada parte de mi cuerpo como si quisiera guardarla para siempre en la memoria de su boca y de sus manos. Y yo me dejé mirar, me dejé tocar, fui un poco su juguete, le dejé hacer a su antojo y como siempre, disfrute con eso. Por que gozaba el ver su mirada mientras mi cabeza estaba entre sus piernas, o el sentir como se movía dentro de mí mientras mi boca le mordía el cuello de un modo casi animal. Pero lo que mas disfrutaba era mirarlo en el instante final, gimiendo, con ese gesto entre placentero y dolorido que tenía durante esos pocos segundos. Quizás por que ese era el único momento en el cual podía verlo tal cual era, sin disfraces, totalmente despojado de corazas e imágenes inventadas. Entregado a ese placer doloroso, él dejaba de ser intelectual y brillante, en ese transe él era solamente un hombre que gozaba desesperadamente.