Raul.

No sé cómo se habrá llamado el tipo que subió al colectivo pero tenía cara de Raúl. Así, con las cejas pobladas llenas de canas plateadas y los ojos oscuros.
Raúl subió al colectivo revolviéndose los bolsillos de la campera. Sacó la sube, pagó el pasaje y fue a sentarse frente a una nena y su mamá. Tampoco sé cómo se habrá llamado la nena, pero tenía cara de Lu, así, cortito.
Raúl se desplomó sobre el asiento y se puso la mochila rosa en las rodillas. Yo escuché cómo las herramientas oxidadas se empujaban ahí adentro. El cling del destornillador contra la cabeza del martillo hicieron que Lu sacara los ojos del cuaderno que estaba leyendo y los pusiera sobre el albañil y esa mochila rosa suya.
-¡Mirá, mamá!, exclamó Lu, con la impunidad de la infancia. ¡Tiene una mochila de nena!
La mamá de Lu, le ordenó que hiciera silencio, que no fuera maleducada, que el señor se iba a enojar.
-¡Pero esta mochila no es de nena!, dijo Raúl, y en el colectivo todos hicimos silencio. Creo que hasta el motor dejó de rugir. - ¡Esta es una mochila de nene! ¡Mirá! ¿No ves que tiene un príncipe?
-¡Pero tiene corazones!, protestó Lu.
-Sí, porque el príncipe está enamorado, ¿no ves como la mira a la princesa?
-¡Pero es rosa!
-Sí, como la camiseta de Boca, explicó Raúl, con una paciencia que le costaba demasiado después de haberse pasado el lunes revocando las paredes de una casa que jamás sería suya.
-Bueno, entonces sí, dijo Lu, y volvió a mirar el cuaderno.
La mamá de Lu y Raúl cruzaron una mirada cómplice y se sonrieron. Yo también sonreí, pero ellos no me vieron. Sonreí consciente de la sabiduría de Raúl. Sonreí porque también hay príncipes rosa. Sonreí celebrando que esta noche Lu hubiese aprendido algo que nunca se aprende en ningún cuaderno.