Hambre.

-No, mamita, no te puedo vender así.
-Pero, ¿y si me cobra un poco más?
-Por lo menos la mitad me lo tenés que dar en plata.
-Y acá tengo, insistí.

Al Gringo se le dibujó la sonrisa más fea del mundo en la cara.
-Eso no es plata, mamita. Eso es un bono. Veinte patacones no son veinte pesos.

Miré el pedazo de papel que tenía dobladito entre los dedos, hice fuerza para no llorar y acomodé la voz como pude.
-¿Cuánto está el tarro de leche?
-Trece. Trece pesos.
-Te doy los veinte. Quedate con los veinte y dame la leche.
-No, mamita, no puedo. En bonos te sale treinta, no vale nada eso. Yo después me quedo con los papelitos de colores, ¿vistes?
-Anotame diez, yo en estos días...
-¿Vos sabés lo que a mí me llama la atención de ella, Gringo? Se metió su mujer, la Norma, que justo se estaba pintando el pelo y había escuchado toda la conversación desde la habitación junto al almacén. A ella siempre le va a pasar algo en estos días: va a cobrar, va a recibir una plata, va a volver el patrón de Disneylandia...
-Vos sos medio cuentera, me dijo el Gringo. Se apoyó en el mostrador y me puso encima esos ojos opacos suyos con tanto desprecio, que sentí como si se me derritieran las encías, como si mi estómago fuera un trapo de piso estrujado por brazos furiosos.

Su mujer se rio desde la cocina. Una señora que estaba esperando que la atiendan también se rio, pero más bajito.
-Gringo, hace diez años que me conocés...
-Mirá, vamos a hacerla corta que tengo gente esperando, mamita. Para la lata no te alcanza... ¿Querés o no querés un sachet? Un sachet te puedo dar en bonos, tenés razón, somos vecinos hacé rato...

Lo miré y miré el billete de veinte ficciones y el tarro de Nestlé en la repisa, como flotando sobre su cabeza, y le dije dejá, dejá nomás, no importa.
No alcancé a escuchar lo que murmuró la Norma en la pieza de al lado. No me salió darle las buenas tardes, me fui, me fui a mi casa y ahí... ahí ya no sé qué pasó. No me acuerdo.

-¿No se acuerda? Un poco jovencita para tener problemas de memoria.

No, dije, levantando la mirada para encontrarme con los ojos opacos del Gringo y los rulos amarillos de la Norma, sentados del otro lado de la habitación.
-¿No se acuerda que volvió cuarenta minutos más tarde con un machete a amenazar al señor Galindo?

No.

-¿Ah, no? ¿No se acuerda que le puso la punta del facón en el área abdominal?

No. No me acuerdo, no.

-¿Tampoco? ¡Pero qué bárbaro! ¿Y qué me dice de los gritos desesperados de la señora Galindo pidiéndole-¡suplicándole!-por sus vidas?

Dudé un segundo.
No.

-¡Pero qué extraño! ¿Y acaso también va a decirme que no tiene memoria alguna de haber salido del almacén, propiedad del señor Galindo, cargando el arma blanca en cuestión y un bolsón repleto de mercadería, por la cual no pagó?

No me acuerdo, insistí. No me acuerdo.

-Qué barbaridad... Qué barbaridad... Y dígame, dígame de qué se acuerda. ¿Se acuerda de algo que pueda servirle a esta gente para decidir qué tiene que hacer con usted?

Me temblaban mucho las piernas, antes de hablar pensé mucho.
-Me acuerdo...

-¡Hable más alto, por favor!-, pidió el señor abogado.

-¡Me acuerdo de cómo lloraba Dylan. Nunca lo vi llorar así. Ni sabe hablar. Se habrá desesperado que no me sabía decir que tenía hambre y lloraba a los gritos. Habrá pensado que me olvidé. Lloraba, lloraba, lloraba y a veces esperaba un ratito para no asfipciarse. De eso nomás me acuerdo. De cómo lloraba de hambre el nene.