Ñeri - Hojas del sur. Juan solá.

"Yo ya sé que en mi caso, estudiar no tiene mucho sentido. Da lo mismo si me recibo o no, me dijo la piba, que se llamaba Malena y tenía un lunar abajo del ojo que parecía una lagrimita.

Esa tarde, había revuelto los estantes para ver qué había y vi que tenía harina y que quedaba aceite, y en dos patadas apronté la masa para las tortas fritas. 

Salvador había dicho que llamaría después del almuerzo del domingo para avisarme a qué hora volvía el lunes, pero ya era martes y a mí no me quedaba más que algún cambio del dinero que me había dejado para pasar el fin de semana que viajaba a visitar a sus padres en Cañadón Perdido. Con el tiempo, aprendí a  esconderle plata, pero eso pasó después.

En eso de pasar el agua caliente de la pava al termo estaba yo, cuando golpearon a la puerta. Abrí y me encontré con una piba de ojitos negros y naricita de conejo. Hacía tanto frío, que alrededor del cuello flaco se había entreverado dos bufandas y tenía puestos unos guantes de andar en moto, aunque de la moto, ni rastros.

Lo primero que me dijo fue que se llamaba Malena. Malena López.

Soy vecina suya, yo vivo allá por el Marechal, dijo, señalando con el dedo el final de la calle de asfalto y un poco más al fondo, donde comenzaba el rancherío y no entraban ni los patrulleros.

Yo me hice la que miraba hacia donde apuntaba, pero no tenía ni idea de lo que sucedía después del asfalto. 

No llevaba mucho tiempo viviendo allá y Salvador poco y nada había podido mostrarme la ciudad. Confieso que fueron días de leer mucho y hacer tortas fritas y mirar por la ventana.

Disculpe que la moleste, continuó Malena, buscándome los ojos. Me da mucha vergüenza, me confesó, precipitando las pupilas al piso, porque se ve que la vergüenza era cierta.

Yo le dije pasá, pasá, porque hacía semanas que no charlaba con nadie. Había vuelto a encontrarme un par de veces con doña Nori en el almacén de enfrente, pero ella insistía en elucubrar teorías cada vez más rebuscadas sobre los modos de subsistir de la Fabiana, mi vecina de al lado. Llegó a decir que el hijo de la señora tiraba preservativos para nuestro patio, y no mucho tiempo después me enteré que el hijo de la Fabiana tiene nueve años. 

Cuestión que la hago pasar a la chica esta, Malena, y ella me mira como sorprendida, o más bien como desconfiada, como cuando tocan el timbre un domingo y antes de abrir la puerta,  una espía a ver si no serán testigos de Jehová o parientes de esos que adoran el factor sorpresa en las visitas inesperadas.

Amargos, dijo, cuando le pregunté cómo prefería los mates, mientras arrastraba una silla para sentarse junto a la mesa de la cocina. Guardé el azúcar en la alacena y llevé todo lo demás.

Vos te vas a morir de risa, le avisé, pero esto es todo lo que tengo para ofrecerte. Esto y un par de tortas fritas.

Le pido mil perdones, señora, me dijo Malena, y yo no entendí por qué. 

No pasa nada, Malena. Es que mi marido se fue a ver a los padres el viernes y me dejó justa de plata. Pero decime, qué se te ofrece.

Malena volvió a enterrar los ojos en el piso. Cuando habló, sus palabras eran gris clarito y quedaron todas amontonadas en las baldosas bajo sus pies.

Yo venía a pedirle plata prestada para el colectivo.

La verdad que me morí de vergüenza. Pobre Malena, pensé. La humillación que le hice pasar, pensando que venía a venderme cosméticos o a preguntarme si quería firmar para alguna buena causa.

Fue cuando le dije que no tenía un peso que me contestó eso de que estudiar no tiene sentido.

Igual, no se preocupe, doña, me dijo. Yo ya sé que en mi caso, estudiar no tiene mucho sentido. Da lo mismo si me recibo o no.

Largó eso y después masticó un rato largo la torta frita. La pasó con un mate y volvió a morder, y con la boca llena me dijo qué rica le salió la torta frita, doña.

No supe qué hacer: me sentí una imbécil ante la revelación repentina del hambre de Malena, que andá a saber hace cuánto no comía y lo único que quería era tres con cincuenta para ir a la facultad, porque al otro día tenía examen, porque había llegado hasta el asfalto pidiendo casa por casa.

Una señora me dio sesenta centavos, pero creo que a la vuelta me cruzo al almacén y compro pan y huevo. No creo que junte lo que me falta.

Hicimos silencio un rato largo. 

Yo miraba la nada, pensando en mamá y en los tiempos de menor abundancia, cuando la casa era una sola pieza y ella caminaba ida y vuelta hasta la escuela donde daba clases. El Hornero la esperaba al mediodía con una palangana azul llena de agua tibia y sal gruesa debajo de su lugar en la mesa y después dormíamos todos juntos, si hacía frío, o mirábamos la siesta, si hacía calor.

Me puse de pie de un salto y fui hasta la mesada.

Vení, Malena, le dije. Lavate las manos.

Malena me miró con la curiosidad de una nena que sabe que empieza un cuento, y yo ya no pude más que entregarle mi corazón, que un poquito roto estaba, pero alcanzaba para las dos.

Amasamos lo que había de harina y alcanzó para diez tortas fritas, que pusimos en un tupper forrado con papel de rollo de cocina y cubrimos con un repasador.

Nuestra primera clienta fue la almacenera, que nos peleó el precio porque quería cuatro y nos terminó dando setenta y cinco centavos del peso que le pedíamos por cada una, pero aceptamos porque para nosotras ya era un montón. Nos dijo que si otro día llovía, que hiciéramos más, que estaban ricas, mientras las untaba con un dulce de leche empezado que tenía guardado ahí nomás, en la heladera de exhibición, donde también guardaba la gaseosa y los sachet de leche.

Saliendo del almacen, enfilamos para la casa de mi vecina, la Fabiana. Malena me dijo que la había sentido nombrar y que en el Marechal se decían cosas feas de ella, y ahí fue que la agarré del brazo con suavidad y le sonreí y le dije: 

Si le vendemos las que nos quedan, hacés tiempo para volver a tu casa a repasar para mañana.

Sonrió.

Usted es muy buena, me dijo.

¿Por qué seguís tratándome de usted?, le pregunté, ofendida. Yo pensaba que nos habíamos hecho hermanas. 

A Malena se le pusieron los cachetes colorados.

Una vez un Hornero me dijo que los hermanos nacen de la semilla de una lágrima que brota en el ojo ajeno.

Me miró con aprehensión. 

¿Qué significa eso?, quiso saber.

Significa que sos un bosque en mis pupilas, hermana.

Justo pasó el viento sur y la abracé con el brazo que no cargaba el tupper de tortas fritas y ella se sacó una de las dos bufandas y me la ató al cuello.

Tenés que ir a rendir mañana, le dije. La calle te va a enseñar un montón de cosas, te va a mostrar cuántos corazones rotos deambulan por la ciudad. Pero la universidad es el lugar donde nos encontramos para decidir qué hacer con el desamor y la injusticia."