La angustia sólo se silencia con palabras

La angustia, mi compañera permanente. La que desde siempre ejerce sobre mí una atracción casi patológica. La angustia me cautiva. Quizás eso me impulsa a querer ser analista. Él había tenido una infancia difícil, casi indeseable, y yo recuerdo la noche en la que me quedé conversando con el a solas. Con los ojos asombrados escuchaba como me hablaba de una niñez carente y amenazada, casi con cariño. Pero yo sabía que detrás de la aparente aventura de ser independiente o de los códigos que aprendió, se escondía la angustia. Por eso me quedaba hipnotizada escuchando el relato. Imaginandolo a él de chico, temblando de miedo por las noches, indefenso ante un destino injusto. Recuerdo que me pregunte si alguien habría escuchado ese dolor que recorría el relato que me contaba y del que ni siquiera el mismo parecia darse cuenta. O, tal vez, preferiria no darse cuenta. No es sencillo aceptar que nos dejaron solos. La soledad es también otra de las mascaras de la muerte y yo lo sé muy bien, por que yo también estoy sola. ¿Cuanto hacer que no permite que nadie lo abrace cuando esta mal? ¿cuanto hace que no llora? 
Lo extraño. a él y a su sonrisa picara, a él y a su sexo violento, él y su maldita inteligencia. Las cosas pierden identidad cuando las toca, cuando él esta cerca. Mi subjetividad y mi imaginación me hacían creer que lo necesitaba.
Pasamos juntos la noche, charlando, teniendo sexo, abrimos un vino, encendimos un cigarrillo y nos sumergimos en los placeres terrenales. Se acerca, me acaricia el pelo y me besa. Es un beso largo, interminable. La cercanía de su cuerpo me devuelve una sensación de vida que estaba necesitando. Siento cómo su lengua recorre mi boca y sus dientes muerden suavemente en tanto que sus manos bajan por mi espalda hasta acariciarme las caderas. Me levanta la remera y mete su mano dentro de mi ropa interior. Lo dejo hacer sin oponer la menor resistencia. ¿Para qué entrar en un juego histérico? Yo no soy así, lo deseo. Que él haga conmigo lo que quiera. A los pocos segundos esta dentro de mí. Me toca, me muerde, me mira. No sé cuánto va a durar esto que tenemos, que no tenemos. Pero en ese momento no me importa demasiado. Lo único importante es que estoy ahí, con él, en su cama, en su cuerpo. Siento venir el orgasmo. -Acaba conmigo- le pido. Y él obediente, me aprieta aún más contra sí. No es un momento muy largo, dura apenas unos segundos. Pero no otra cosa es la eternidad. Mi grito retumba en el departamento. Después, todo es silencio. Es un día fresco, pero soleado. De esos que me gustan. La noche fue intensa y todavía siento su olor en mi piel. Me desperté primero, me vestí sin hacer ruido y lo bese antes de irme.
Soy consciente del tipo de relación que manejamos. Él con su sinceridad hiriente, jugando perversamente con el dominío que ejerce sobre mí. Yo, por mi parte, lo quise de una manera incondicional y cedí a los peligrosos juegos que él me proponía. Aquella noche besó y toco cada parte de mi cuerpo como si quisiera guardarla para siempre en la memoria de su boca y de sus manos. Y yo me dejé mirar, me dejé tocar, fuí un poco su juguete, le dejé hacer a su antojo y como siempre, disfruté con eso. Por que gozaba el ver su mirada mientras su cabeza estaba entre mis piernas o el sentir como se movía dentro de mí mientras mi boca le mordía el cuello de un modo casi animal. Pero lo que más disfrutaba era mirarlo en el instante final, gimiendo, entre ese gesto entre placentero y dolorido que tenía durante esos pocos segundos. Quizás por que ese era el unico momento en el cual podía verlo tal cual era, sin disfraces, totalmente despojado de corazas e imagenes inventadas. Entregado a ese placer doloroso, él dejaba de ser intelectual y brillante, en ese transe el era solamente un hombre que gozaba desesperadamente.