Anoche volvía de comprar birras del chino cuando me crucé con un pibe del barrio. Llevaba una mochila y cara de angustia. Cuando me vio, me pidió permiso para mandar un mensaje desde mi celular porque se había quedado afuera de la casa. ¿Va a tardar mucho tu amigo?, le pregunté después de que le escribió. Tengo birras, si queres puedo esperar con vos. Me contó que no se había quedado afuera, lo habían echado y no tenía donde pasar la noche. Diecinueve años y toda la calle encima. Tomamos las cervezas y hablamos mucho. Julián es adicto a la frula y estuvo en cana por chorear estereos. Me endulzó la guita fácil, me dijo, mientras tomaba esa mierda. Yo sé que hace mal, agregó. Estoy tratando de dejarla. Lo miré a los ojos y me acordé de la vez que un pibe con cara triste me pidió fuego en la calle y yo, aún notando esa tristeza, no me animé a darle un abrazo. Me abalancé sobre Julián y lo rodeé con mis brazos y él también me abrazó fuerte y decía gracias una y otra vez con un nudo en la garganta. Diecinueve años y todo ese miedo encima.
Tu cuerpo es tuyo, le dije. Metete lo que quieras si eso te hace feliz, pero acordate que hay gente esperándote, a pesar de estar enojada con vos. Ellos están así porque no saben lo que te pasa, entonces no te cagues en ellos. No te cagues en los que te aman y quieren verte bien, le pedí.
Julián me contó que cuando fue en cana lo llevaron a "la leonera", una celda de Tribunales donde meten hasta cuarenta tipos juntos. Ese día me asusté, dijo, y no choreé más. Me anoté en el colegio y este año lo termino, agregó, como para echar un poquito de luz sobre toda esa historia trágica que era su vida. Hablamos de los pibes de la calle que paraban con él. Me contó de los códigos que manejaban, de las veces que tuvo que defenderse sólo para demostrar que podía, de la vez que le cagaron la guita de la droga y lo único que pudo pensar fue lo triste que le parecía que aquel pibe le pusiera precio a su palabra. Si valés doscientos pesos entonces no valés nada, murmuró. También hablamos sobre cómo se hace la droga y le dije que era como veneno para ratas. Te estás matando, Julián.
La noche nos fue quedando corta mientras el pibe hablaba y de a poquito se le fue ablandando el enojo. No mucho después, conseguí que llame a su viejo. Del otro lado, la voz del padre sonaba canchera, pero no canchera posta, sino con ese tono que tratamos de usar para parecer despreocupados cuando por dentro se nos está revolviendo el estómago. Mañana venís a casa, hijo, le suplicó el padre. Creo que ahora el corazón le duele un poco menos.