Yendo a la parada de colectivo paso un pibe que se apuró para frenarme.
-¿Tendrás fuego?-, me preguntó.
Mientras lo miraba sacarse el cigarrillo armado de la oreja me acordé que tenía un encendedor de más en la cartera. Lo saqué y se lo dí, sonriendo.
-Te lo regalo.
Noté que aquel gesto sencillo lo conmovió.
-Gracias... gracias, muchas gracias. Sos muy amable-, dijo, y la voz le temblaba. Le respondí que de nada y murmuré un chau, pero antes de poder irme volví a escucharlo.
-Esperá...¿por las dudas sabés cómo llegar hasta la ruta 26 desde acá?
Tenía los rulos depeinados y quizás alguna angustia encarcelada en la garganta. Me miró como te mira un nene que se perdió en la plaza. Tenía los ojos pardos y húmdeos, ojos que yo sabía que estaban pidiendo un abrazo aunque la boca no dijera nada. Temo que quien se conmueve con un pequeño gesto de amabilidad haya soportado demasiado odio, demasiadas cosas tristes. La mochila armada a las apuradas que le colgaba en la espalda habrá sido testigo del momento en que se hartó y salió a buscar la Ruta.
-No tengo idea para dónde es-, le dije.- Pero ojalá que la llama del encendedor te ayude a encontrar el camino.
El se quedó en silencio y yo me fui rápido. Perdoname, yo sé que necesitabas un abrazo, yo me di cuenta, pero no me animé. No abrazamos a desconocidos, no nos educaron así. No importa cuánto les brillen los ojos o cuánto les tiemble la voz. Ojalá que hayas encontrado el camino a la Ruta 26. Ojalá que te hayas encontrado con alguien menos cobarde que te haya dado ese abrazo que me pediste sin decir nada.